28 septiembre, 2013

Si pudiera elegir...

No es que esté planeando reabrir el blog; hace 3 años que no escribo, ¡se dice pronto! Pero este texto lo escribí hace unos cuatro meses y había estado guardado hasta ahora. No sabía qué hacer con él, quería compartirlo pero no sabía cómo. Así que bueno, aquí lo dejo. Un pequeño homenaje para una persona que cambió mi vida.

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Con todo el asco que le tengo a la facultad (y a casi todo lo académico) a día de hoy, no deja de sorprenderme que la llegada de la primavera me traiga, sobre todo, recuerdos de tiempos académicos mejores. Pero no quiero hablar ni de quejas a catedráticos ni de la nostalgia que me da pensar en las Olimpiadas de Matemáticas. Hoy quiero hablar de los sueños lúcidos y sobre todo de una persona que dejó una gran huella en mí. Yo sueño mucho, o mejor dicho, recuerdo mucho mis sueños, y algunos tienen historias apasionantes dignas de un guion no demasiado malo de película de acción con muchos efectos especiales. Pero sueños lúcidos no tengo muchos, puede que menos de diez en toda mi vida, calculo. Hace unos meses tuve el último que recuerdo, pero fue tan bonito…

Se llamaba Ezequiel, es y ha sido mi mejor profesor y uno de mis mejores amigos y confidentes; murió hace tres años, no era tan mayor, no estaba enfermo (que yo supiera), no había manera de imaginarlo. Hacía dos meses que no nos veíamos, ese día yo le había aburrido con historias de roles en vivo y quejas de la facultad, él me habló de los niños de la escuela de su pueblo, escuela que abría durante el verano a pesar de estar jubilado, y a la que todos los chavales acudían por su propia voluntad los días de vacaciones. Os podéis imaginar qué clase de profesor consigue eso, uno entre un millón. Ese profesor de matemáticas que consiguió que me gustaran, cuando yo era una chica de las que se dice que son “de letras”; era capaz de quedarse todas las tardes repasando con los alumnos que tenían problemas con el curso, y de quedar los fines de semana para hacer matemáticas en nuestro particular “grupo pitagórico”. Años después, cuando se acercaban los exámenes de selectividad, me llevó a su pueblo, Santa Cruz de Juarros, para separarme del mundanal ruido de ciudad (de Burgos, ya veis qué ajetreo) y que pudiera estudiar sin distracciones. De todas maneras, apenas estudié nada: cuidamos del huerto y me enseñó a plantar berzas y todo tipo de hortalizas y tubérculos, visitamos la ermita y la iglesia, y cómo no, su querida escuela. Cada día me despertaba con música clásica y discutíamos sobre historia, arte y por supuesto matemáticas; cada noche observábamos las estrellas y hablábamos de mitología, de ciencia ficción y de astronomía. Los días eran perfectos y todos sabíamos que la selectividad la iba a aprobar perfectamente sin tocar un libro, él quería que estuviera tranquila, relajada y que al menos supiera plantar unas patatas.

Es gracioso acordarme de él, de la increíble amistad que teníamos y de cómo, siendo él mi maestro, aprendíamos juntos, y no sólo sobre ciencia o sobre arte, también sobre el mundo y las personas. Entró en mi vida de una manera tan espectacular que inmediatamente supe que nunca podría olvidarle.

Tenía doce años y era mi primer curso en el instituto. Ezequiel era mi profesor de matemáticas, asignatura que odiaba, y, además, llevábamos una semana entera repasando conceptos de primaria. Estaba aburrida, jugando con una goma, hasta que se me cayó al suelo. Me vio recogerla, y me echó una bronca terrible, por estar molestando, por no prestar atención, por no estarme quieta en mi sitio. Le odié, se había pasado mucho, no estaba hablando ni haciendo ruido y no era culpa mía saberme todo lo que él me contaba. Le miré con odio y me juré que vengaría, que molestaría de verdad en su clase, que… Yo que sé, el tipo de venganzas que puede hacer una niña. En cualquier caso soy muy rencorosa, durante el recreo les dije a mis amigas lo mucho que le odiaba y por la tarde se lo conté a mi madre, indignadísima, para que fuera testigo de mi cruzada contra ese profesor. Al día siguiente pidió voluntarios para hacer ejercicios, yo no levanté la mano aunque sabía hacerlos porque estaba muy enfadada con él, me pasé de morros toda la hora mirándole mal y con cara de ser muy digna. Hacia el final de la clase, cuando quedaban diez minutos, dijo: “Bueno, hemos acabado por hoy, pero antes de que os vayáis, tengo algo que deciros. Ayer vine muy enfadado de otra clase y lo pagué injustamente con Sandra, no hizo nada malo y sin embargo yo le traté mal. Por eso quiero pedirle perdón, y espero que me perdone. Le he traído esta caja de bombones que, con un poco de suerte, querrá compartir con vosotros ;)”. Me pidió perdón. No sólo me pidió perdón, sino que lo hizo delante de toda la clase. Y me había traído una caja enorme de bombones para hacerlo, había tantos que todos mis compañeros pudieron tener al menos dos cada uno, y algunos incluso tres. No lo hizo porque yo fuera buena alumna, no me conocía de nada, era la primera semana del curso, del primer curso en ese instituto, éramos completos desconocidos el uno para el otro. Y claro, no me quedó más remedio que perdonarle.

No mucho después hablé con él, y le dije que de momento todo lo que contaba ya lo sabía, y que me perdonara él a mí si parecía distraída. Nunca me volví a aburrir. Empezó a traer ejercicios más difíciles para mí o para aquellas personas que los quisieran. Me retaba. Me traía libros, artículos, problemas de las Olimpiadas. Fue el mejor curso de mi vida, y él se convirtió en uno de los mejores amigos que he tenido jamás. Por eso tiene gracia recordar que, cuando le conocí, había jurado odiarle para siempre.

El otro día, estaba hablando con Ezequiel, todo era como solía ser: Yo me quejaba de cosas, él me escuchaba. También le contaba algo que había leído en un libro, nos reíamos, hablábamos de gente que conocíamos. Pero me di cuenta de que no podía ser, era imposible que yo estuviera con él como si nada hubiera pasado. –Tú no deberías estar aquí, - le dije. -¿Ah, no? ¿Y dónde debería estar? –Sus ojos azules parecían los de siempre, y su sonrisa era la misma sonrisa sincera. – Si estás aquí conmigo es que estoy soñando. Estoy en un sueño. – En ese momento creía que me despertaría, la mayoría de las veces que me doy cuenta de que estoy soñando me despierto lentamente aunque no quiera. Pero no me desperté, él me seguía mirando. – Bueno, quizá estés soñando, sí, pero… ¿Acaso no parece real? ¿Qué significa realmente que sea un sueño? – Bueno, como estoy soñando, puedo hacer lo que quiera. –le dije. - Puedo volar (siempre quiero volar) incluso puedo… Ver también a mi hermano… Puedo ir a donde quiera. – Él asintió y me hizo un gesto con la mano hacia el horizonte. –Puedes ir donde quieras.- Me quedé pensando, porque sabía que era un sueño y podría hacer que aparecieran mi hermano, mi abuelo, mis abuelos paternos, todo lo que quisiera. Podría ir a buscarles. Podía viajar por todo el mundo, pero… No era eso lo que quería. -No hay otro sitio en el que quiera estar ahora mismo. Así está perfecto. -  Y realmente lo sentía así. No es que no quisiera ver a mi abuelo y a mi hermano, pero ya he soñado otras veces con ellos, éste era mi sueño con mi profesor. Tuve la oportunidad de hacer cualquier cosa que pudiera imaginar, y la mejor era tener una conversación con él. El aire movía los árboles igual que en Santa Cruz, y nosotros continuamos con nuestro paseo.