18 diciembre, 2009

La amenaza del crimen organizado en Londres

THE LONDON HERALD - Londres, 17 de diciembre de 1909

por Stephen M. Parker


Los Cockney Lusherers, los Elders de Whitechapel, los Runners de Dog’s Island... Distintas organizaciones, un solo fenómeno: el crimen organizado. Este hoy día se hace cada vez más preocupante para los buenos ciudadanos de Londres, pero nunca ha sido algo divertido. Además de la prostitución y el tráfico de drogas, estas bandas gestionan descargas ilegales desde la órbita e incluso a los que cometen los robos a pequeña escala.

Todos sabemos como somos los ingleses, somos capaces de organizarlo todo, aún sin la eficiencia de los alemanes ni la pulcritud de los franceses. En Londres, por ejemplo, se contabilizan un total de más de setenta bandas criminales perfectamente organizadas, algunas especializadas en tipos de crímenes concretos y con áreas de influencia determinadas.

El problema se nos presentan cuando muchas de estas bandas especializadas en tipos de crímenes se introducen en el área de otras con un territorio, pero sin especialización. Lo cual da lugar a que se solapen las zonas, con la consiguiente tensión, que en ocasiones acaban dando lugar a auténticas guerras callejeras de expansión o defensa de zonas, guerras en las que cada vez cobran mayor importancia las temidas wrist guns, símbolo de malas intenciones y una vida al margen de la ley, estas pistolas se sujetan mediante una correa a la muñeca y se disparan mediante un gatillo en la palma de la mano, haciéndolas perfectas para ser ocultadas y utilizadas en un ataque furtivo. Sin embargo, su mecanismo de disparo tiende a los accidentes, y muchos de los miembros del hampa londinense han perdido los dedos debido a disparos fortuitos mientras usaban estas pistolas.

En cuanto al modus operandi, este es también muy diverso. Los Cockney Lusherers, por ejemplo, acostumbran a organizar fiestas y saraos en las que aprovechan para dejar trabajar a sus carteristas, que suelen trabajar en grupos de dos, con un profesional y un gancho, que suele ser llamado pilar.

Por su parte, los Runners se dedican a robar en casas de la clase media, y sólo admiten miembros mayores de 35 años y con un pasado violento a sus espaldas. Sus actividades incluyen por otro lado el control de algunos burdeles y derechos de protección sobre algunas zonas pesqueras de la bahía del Támesis.

Si pasea usted por Blackfriar, y ve a un hombre elegantemente vestido, con un bastón de puño de marfil, esté seguro de que se encuentra ante uno de los infames Crosses, matones a sueldo, especializados en dejar en sus víctimas una marca a cuchillo en forma de cruz, para recordarle sus deudas o las ofensas cometidas contra el contratante del matón. Evidentemente, las marcas en la cara son mucho más caras que aquellas más fácilmente ocultables, y los precios que alcanzan estos matones en el mundo del crimen es muy elevado.

Sin embargo, la presencia de un nuevo jefe criminal parece estar a punto de desequilibrar la delicada balanza de poderes del hampa londinense, se trata de aquel al que llaman El Dragón.

Por la información que nos llega del mismo, el Dragón empezó controlando pequeños timos de trileros, pero su avance parece imparable, varias bandas han caído ante sus métodos, y sus hombres, que portan siempre alguna cicatriz visible como muestra de lealtad, se extienden por todos los barrios bajos de Londres.

¿Estamos ante el ascenso de un nuevo Napoleón del Crimen que haga sombra incluso a al terror que extendió en las calles el dominio del profesor Moriarty? ¿O podrán sus actividades ser detenidas por la Policía Metropolitana de Scotland Yard, con el decidido comisario Lestrade a la cabeza?

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