05 septiembre, 2008

Quemarse una oreja sin salir de casa

Si por mí fuera viviría de noche. Podría dar una larga lista de razones, entre ellas: me gusta el silencio que hay a altas horas de la madrugada tanto en casa como en la calle, mi creatividad y agudeza intelectual alcanzan sus picos hacia las 3-4 a.m., me molesta la luz de sol...

En realidad no sólo es que me moleste: me hace estornudar constantemente, me lloran los ojos y se me quema la piel. Quizá alguno recuerde, aunque sólo sea porque se lo he contado, aquel maravilloso verano de 2004 en el que me quemé en Ibiza todo el cuerpo, utilizando crema de protección total comprada en una farmacia, debajo de una sombrilla y con un pareo puesto... O incluso el verano de 2005, cuando se me llenaron los hombros de ampollas en las excursiones por las ciudades mayas...

El asunto es que hoy he despertado de la siesta con la oreja izquierda hinchada, roja y dolorida. Al principio se barajó la posibilidad de que me hubiera quedado dormida con la oreja doblada, algo improbable, pero conociéndome, ¡quién sabe! También se comentó que quizá me había picado un bicho... Hasta que mi hermana ha dado el veredicto final: Esta oreja está quemada.

Pues sí, la lámpara que tengo sobre el teclado del ordenador (y que se pasa encendida desde que anochece hasta que me voy a dormir, es decir, unas 7 horas) me ha producido todo ese desastre. Vamos, hombre, no salgo de casa para no tener que ver el sol, y me quemo mientras estoy en Internet. Ver para creer.